Yo me quedo en casa

Sol y (muchas) sombras sobre la tauromaquia

Sobre la miopía inherente al debate entre taurinos y animalistas. Todos olvidan al animal.

Publicado: 2020-03-01

No soy taurino pero tampoco me opongo a la llamada “fiesta brava”; la he visto contadas veces en Acho y he reconocido el efecto estético y el aliciente declamatorio (muchas veces trillado) entre los comentaristas de las tribunas y los del bar de turno con la ineludible bota de buen vino español (post mortem tauri). He musitado olés bajo el sol o la sombra y he tratado de descifrar en mis pocas asistencias, el metafísico significado de una verónica o la épica estática de una chicuelina.

He saludado con cordialidad, en los corredores del coso, a conocidos y muchos desconocidos, a mujeres criollas de peinetas y mantillas sevillanas con gracia trasnochada de vals, acompañadas de sus hombres de risas desbordadas bajos sus sombreros de ala ancha. Y he sabido sobre todo callar por respeto a los conocedores de las grandes faenas del panteón taurino. No soy bueno para los himnos y por ende no seguiré con mayores (y malas) poesías de una tarde de gallardías y bravuras que “el honorable” vive de manera vicaria.

El Tribunal Constitucional peruano juzgó hace unos días, de improcedente la denuncia contra la corrida de toros. Se afirmó que el espectáculo taurino era “manifestación cultural” y que el mismo no tenía como objetivo exclusivo el sufrimiento del toro, por más que el Estado, por ley, no debe promover la crueldad gratuita de animal alguno.

Toda ley que dirime sobre conductas sostenidas a través de generaciones que deben acabar o no, acarrea su entropía discursiva. Como la materia del universo y su antimateria; la ley que confronta la tradición con una nueva ética, conlleva su anti-ley; el argumento que la rebata no tardará en llegar, mal que bien.

Y el trato que tenemos con los animales tiene el estatuto hoy por hoy, de lo ético (aunque no lo quieran así algunos). A ese estatuto me suscribo como lo hace un número creciente de personas. Defiendo sin grandes lances, las corridas, pero la defensa del Tribunal no tomó como premisa un concepto que se escapa muchas veces hasta a los propios llamados “animalistas”: el de la dignidad del animal. Se esgrimió de un bando el concepto de “manifestación cultural” y del otro, el del “sufrimiento” de la bestia. Ambos bandos adolecen de miopía.

La defensa tradicional de las aves y mamíferos del mundo silvestre y doméstico (únicos capaces de sentir dolor, a diferencia de insectos y peces cuyo sufrimiento no corrobora del todo la neurología) alude ya sea a la administración de sistemas ecológicos, a la utilidad de los animales no humanos para el homo sapiens, o a criterios míticos o simbólicos colectivos que les conceden cierta impunidad. En los varios discursos de su defensa, hallamos proyecciones humanas que les adjudican a nuestros compañeros de hábitat rasgos morales que no les competen: Asumimos en el león o el toro, el coraje; en el zorro, la astucia; en la hormiga, el tesón; en el tiburón, la implacabilidad. Los animales no humanos son criaturas básicamente inadjetivables: son del todo sustantivas. Solo son. El ser humano es criatura que se concibe a sí y por consiguiente, está inmersa en el torrente del lenguaje que reconstruye su imagen una y otra vez. Los adjetivos categóricos conforman para el humano un conjunto de islotes que lo salvan perentoriamente de la marejada simbólica y la disolución. Esos adjetivos, delineados y acuñados con distintos grados de dramatismo, le dan razón de ser. Contribuyen a su decir(se) y el homo sapiens es básicamente lo que este dice de sí. Somos criaturas que precisamos de la categorización y la adjetivación para ordenar el mundo material que nos ha desplazado, por cuestiones evolutivas complejas, de nuestro naturaleza instintual de manera irreversible. El instinto atenuado se compensa con la razón; la genética desvaída con el lenguaje difusor de conocimientos.

La defensa “animalista” adjetiviza al animal y esto paradójicamente, aleja su discurso del eje que debería sostenerlo. Solo el concepto de dignidad del que hice mención emplazaría al animal en una línea de defensa retórica consistente. Ese concepto redime a las criaturas no humanas de la aberración del adjetivo y nos delinea una imagen de cierta pureza: La imagen de un sustantivo puro. Las marcas de ese sustantivo se materializan en nuestra conciencia con la observación atenta y disciplinada del animal y su hábitat natural. Los desiertos helados complementan y señalan al oso polar o al pingüino, por más que este paraje les pueda deparar trabajos fatigosos, peligros y sufrimientos. La tupida selva comulga a presas y depredadores en un solo instante de sangre. El río en el que abreva un cérvido o un equino, podría esconder al caimán que los ha de destazar y devorar. La razón de ser de todo ser vivo es morir, muchas veces con crueldad. El sufrimiento físico o el terror es el sello de vida por excelencia. Todo lo que motiva el grito nos acerca al cuerpo como rara vez lo hace el sosiego. El sexo cumple también esa labor de intensificación. Nacer y morir, matar y procrear.

El animal no es otra cosa que movimiento; se mueve y engendra movimiento en otros. No le compete la inmovilidad conceptual, la fijeza de una categoría humana; el animal no humano se desplaza porque es sustantivo puro, es fisiología tenaz. Cada respiro, cada acechanza, cada salto y posterior desgarre de la presa, cada lamida tierna al cachorro es hecha porque le compete, no por imperativos morales categorizadores. Su hábitat no es su elección tampoco, es adaptación que impele a su cuerpo a ir a zonas más cálidas o más frías, a huir de las sequías o los incendios, a recorrer aguas de mayor volumen de plancton o de cardúmenes. El homo sapiens es criatura que elige un lugar donde habitar porque es un ser radicalmente desterrado. Usa lenguaje porque el lenguaje le provee de la ficción de un lugar pertinente según premisas racionales, eficaces o no. Usa violencia contra la tierra para vivir en ella; ella se adapta a él, y no a la inversa (Aunque eventualmente, la tierra toma revanchas después de generaciones de ignominias).

La dignidad del animal alude a su ser animal, independiente de las categorías humanas, crueles o benevolentes para con él. Habla del ser y el estar en determinado lugar y circunstancia. Es un concepto que desdeña el sufrimiento. La adrenalina del toro, para retrotraernos al caso que dio inicio a este ensayo breve, mitiga su dolor y tonifica su musculatura para el ataque. Le impele a su propio movimiento y al movimiento de la figura bípeda vestida de luces, frente a él, imbuida en su vanidad y adherida al concepto desconocido para los machos no humanos de “hombría” o “valentía”. El toro es máquina de furia y de agitación sanguínea y de elevación calórica. Sus ojos no tienen la perceptibilidad cromática de los humanos; entre los pocos colores distinguen, en efecto, el rojo o (tal vez) el rosa del capote pero lo que les exacerba es el movimiento brusco del mismo, su pertinaz invitación. La bestia no puede otra cosa que desplazarse a esa entidad de movimientos rápidos, bufar y embestir como hacían sus ancestros en las praderas frente a un depredador o un rival.

Hay dignidad a la larga, en la lucha del toro y su casi segura muerte. A contraparte del discurso oficial de los hombres de sombreros de ala ancha, la belleza está en él, no en el animal humano ufano de valores y de categorías que lo habrán de señalar en tribunas y reseñas taurinas y que alimentarán, a su vez, su cuenta bancaria. El torero Incitará el sueño sexual oculto de algunas mujeres y de no pocos hombres, sueños señalados en la vigilia por el eufemismo o el abierto descaro. El sueño del toro es el de los ojos abiertos y el de la hembra franca en celo, sin afeites ni retórica de mayor o menor torpeza.

Hay dignidad en la bestia porque se le da la oportunidad de matar antes de morir, oportunidad que a veces aprovecha por una mórbida complicidad entre el torero y el público vociferante que le impele a que este sea más arrojado.

Rescato la subjetividad animal para asentar el discurso de su defensa y de la permisividad de su muerte por parte de los animales humanos. No es el concepto de la manifestación cultural que avala la lucha y muerte del toro (concepto que antaño podría haberse aplicado al sacrificio humano o el filicidio inimputado), es el concepto de su dignidad que permite la faena, aunque de otro lado, no impele a realizarla. No es la retórica, muchas veces llena de lugares comunes que habla de sangre y arena, de mujeres de hermosura consensuada y hombrías a buen resguardo desde las graderías, lo que acerca al toro a la vida y sensibilidad de algunos; es el toro mismo y su sustancialidad, y la presencia del torero que le sirve de instrumento de muerte.


Escrito por

Enrique Bruce

Enrique Bruce Marticorena es escritor y enseña lengua y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, la UPC y la USIL


Publicado en

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