la naranja está partida

Oh, la lá: Gayland!

Sobre la inclusión (absorción) de la agenda gay a la sociedad en conjunto como coartada de la agenda del gran capital.

Publicado: 2019-04-14

Faggots (“Maricas”), novela de Larry Kramer de 1978, generó controversia dentro de la comunidad gay neoyorquina por la crítica abierta a la vida recreacional y a-política de los hombres homosexuales de la época pre-SIDA: Los baños turcos, las drogas legales y de la calle, las orgías en departamentos privados, los bares, los cruceros de hombres, los glory holes de las cabinas de los retretes, los cuartos oscuros del sexo libre de a dos, de a tres, de a cuantos quieras, como quieras y con quien quieras. 

Larry Kramer, gay, activista y neoyorquino de ADN (aunque nacido en Connecticut, casi lo mismo), lideró el movimiento ACT UP en la época de la epidemia “rosa” en los ochenta, movimiento que presionaría al gobierno de Ronald Reagan para que dejara entrar a los EE.UU., las drogas experimentales que se estaban desarrollando en Francia ante el ceño fruncido de los accionistas de las farmacéuticas yanquis. Mientras el virus se restringiese a los sodomitas de las dos costas norteamericanas, la administración del presidente ex actor de cine no tendría mayor presión pública. Ello empezó a cambiar en el primer lustro de los ochenta cuando hemofílicos y consumidores de drogas intravenosas empezaron a infectarse, lo mismo que mujeres y hombres sanos de comunidades heterosexuales “respetables”. Kramer no solo zarandeó a la administración Reagan (de ello da cuenta su visceral pieza teatral de 1985: The Normal Heart, (“El corazón normal”) adaptada años después al cine y montada en Lima en el 2013 con Paul Vega y Rómulo Assereto) sino a la propia comunidad gay, megáfono en mano y panfletos por doquier, adjudicándole responsabilidad por la propagación de la epidemia a la promiscuidad normalizada (su propia pareja de años sucumbiría al virus en los ochenta).

Y aquí llegamos al asunto del dinero…

Encuentre amigo lector, el hilo conductor en los elementos descritos en el primer párrafo de este texto: las drogas, los bares, los saunas, los cruceros, los departamentos privados que se alquilan para las orgías (y sus copas de vidrio de preservativos y lubricantes descansando en repisas) … Todo ello, consumismo puro.

La imaginería gay estadounidense y europea, como latinoamericana poco después, estaría asociada al dispendio capitalista. Ser gay, un “auténtico” gay, equivaldría a tener el dinero suficiente para asumirlo. Como contraparte, el llamado Down Low de los guetos negros del Harlem o de los suburbios de Chicago, no se calificarían como “gays”: el estilo de vida de gasto y la proliferación de imágenes de jóvenes caucásicos musculosos (y algunos negros e hispanos también, siempre en forma) en revistas de circulación de los bares y barrios pudientes de Chelsea, Castro o Chueca en Madrid, se expresaria en las antipodas de los homosexuales sin presupuesto que ostentar. En relación a la Sudamérica andina, vale la pena darle una mirada al video de dos bolivianos, "Nación marica", donde estos gays activistas del país alto andino ponen de relieve el tamiz discriminador del discurso homosexual burgués y cosmopolita frente a los gays indios y pobres de esa parte del mundo, prácticamente invisibilizados.

Bernie Sanders, otro judío, otro neoyorquino, también sería otra voz de disidencia y de posturas no tan lejanas de su contraparte homosexual, años después, en la arena política. Sanders descree en los llamadas “políticas de identidad” americanas, al menos en el énfasis institucional y simbólico (y mediático) que se les ha dado a ellas. El verdadero conflicto estriba (según él, según yo) en la línea divisoria que hay, cada vez más marcada, entre los haves y los have nots, entre los que tienen y los que no. La curva que señala el 1% más pudiente de los EE.UU en el cuadrante de coordenadas se está elevando de manera exponencial con los años, con resultados geopolíticos, comerciales y de estrategias pan nacionales dramáticos. La brecha se abre de manera infranqueable entre la clase media y obrera, de un lado, y los habitantes de los exurbia de grandes mansiones y los barrios acomodados de Hollywood, Glencoe y Astor Place donde las cuitas de la clase media se perciben como en un mundo virtual. Y solo para hablar de los EE.UU,. el caso más conspicuo de la descomunal brecha de ingresos y del poder acumulado de relevancia global, eventos nunca antes vistos en la historia, ni siquiera en los antiguos imperios monárquicos dado el radio de influencia de unos y otros.

En lo personal, a mí y a muchos de mis amigos gays, nos ha sorprendido la extraordinaria y relativamente rápida acogida en Occidente, de las propuestas institucionales y jurídicas del colectivo LGTB de las últimas décadas: el matrimonio igualitario, los derechos de adopción, el cambio jurídico y quirúrgico del sexo. Incluso en el pacato Perú: solo piensen en la proliferación de los chistes y alusiones homofóbicas en los medios hace unos lustros. Ahora, ello está (relativamente) monitoreado, al menos en la capital. En el Perú (pacato) de hoy, aquellos que disienten contra el matrimonio igualitario o la unión civil (su peor es nada) empiezan su discurso afirmando: “Por si acaso, no es que sea homofóbica sino que…” Esa excusa era impensable años atrás. Es más, la palabra “homofobia” era casi desconocida, no así con las “marica” y “marimacha” que vinieron para quedarse.

Dije que esos cambios nos sorprendían aunque no deberían hacerlo. Atemos cabos: la bienvenida de las mujeres y hombres homosexuales (los trans están aún en la cola) en la opinión pública en general, es un modo de levantar una cortina de humo a las tensiones de clase. Miren quiénes son los gays mediáticos de los últimos años en este país: Jaime Bayly (el fundador), Beto Ortiz, Carlos Bruce, Alberto de Belaúnde, Peluchín (no sé cómo se llama), Susel Paredes y (ahora) su pareja, Gracia Aljovín. Casi todos ellos de las canteras de las clases altas (más que medias), todos ellos blancos, matices epidérmicos aparte…

El club de los que tienen (o que tienen amigos que tienen) se muestra inclusivo para desviar la atención de las fricciones de clase obvias en nuestro país y de las de prácticamente todo el orbe: un hombre abiertamente gay de Miraflores o San Isidro será acogido con toda la amabilidad del caso en los salones más privilegiados, aun en el supuesto de que el anfitrión de turno tenga resquemores homofóbicos más o menos disimulados, que lo sería un comunero del Cusco o un miembro de la SUTEP, machazos ambos, digamos. El dinero hermana, limpia como un baño purificador las impurezas de la carestía y permite que homos y héteros nos abracemos con amor (del bueno).

Las feministas chic, ídem. El tema de la paridad salarial de las mujeres frente a los hombres puede entrar en la mesa de debates. La mayor cuota de mujeres en el parlamento o en los directorios de la gran empresa es un punto en la agenda. Las Susana de la Puentes, las Mercedes Araozes o las Cecilia Blumes tendrán su podio de honor, no la mujer aguaruna suspicaz ante la incursión petrolera o una Máxima Acuña en pugna contra una minera. Para carrasperas de las feministas más sensibles: Ivanka Trump se define como adalid de los derechos de la mujer. Y las Kardashian.

La razón de ser del reclamo, de muchos años ya, de ciertos grupos marginados, tuvo y tiene consistencia. Pero el mundo del gran capital, del ENORME capital acumulado en pocas manos en que vivimos hoy por hoy, replantea las reglas del juego y absorbe lo que antes se pensaba inmune a él. La lesbiana Ellen De Generes, la feminista Meryl Streep o el afroamericano Will Smith, saliendo los tres de sus limosinas para pisar la alfombra roja del teatro Dolby frente a un enjambre de reporteros y admiradores, emitirán discursos justos sobre minorías y mujeres una vez dentro del suntuoso anfiteatro, pero ese discurso provendrá de una era que abandonó muy rápidamente las admoniciones de Marx para suscribirse a los discursos posmodernos de los setentas y los ochentas, más culturalistas, que le dieron la espalda a los problemas de la lucha de clases, sin pestañear. Fue por ello, que los voceros culturalistas le tendieron la mano muy rápidamente, al magnate de turno (¿Harvey Weinstein?), distraídos quién sabe, por los flashes de los paparazzi y el espaldarazo de los medios y la academia.

Sonrían.


Escrito por

Enrique Bruce

Enrique Bruce Marticorena es escritor y enseña lengua y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, la UPC y la USIL


Publicado en

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