Están disueltos, pues

Habemus papam, otra vez y otra vez

Publicado: 2019-02-23

Como diría el historiador Juan Fonseca en un post de Facebook: el único machismo con faldas que hay es el de la clerecía, no el del feminismo como declarara Bergoglio ayer. La última declaración del Papa con respecto a la inutilidad de dar mayor intervención a la mujer en la resolución de los abusos y su afán de realzar de que “el genio femenino que se refleja en la Iglesia es mujer” confirma la sotana, o el fustán ennegrecido debajo de ella. No era de sorprender que este papa “progresista” contemple los casos de abusos y de encubrimiento como una serie de hechos numerosos pero aislados y que no sean parte del terreno allanado por la cultura eclesiástica.  

Un entidad involucrada con espacios seculares en escuelas, universidades, hospitales y comunidades laicas en general, que a su vez proclama de modo elegante (elegante en el mejor de los casos) la superioridad masculina por esencia y por mandato divino (de un dios varón), va a promover inevitablemente, que sus sacerdotes hayan de ver a la mujer y a los niños (las principales víctimas de los abusos) como inferiores, como menos participativos de la dignidad humana puesto que el hombre se acerca más en imagen a un dios único varón que aquella. En el mejor de los casos, estos sacerdotes se limitarán a desplegar una condescendencia amable, en otros, harán uso de su investidura para acercarse a otros cuerpos más alejados de la imagen primordial y someterlos. En la época de la esclavitud algunos dueños de esclavos trataban “humanamente” a su propiedad; “sus” esclavos no eran separados de sus familias y eran evangelizados porque se les concedía alma. Pero era claro para ellos, los hombres libres (blancos) que sus esclavos no tenían el mismo estatus social y espiritual que ellos y ellos, los blancos, estaban en deber de protegerlos de sus propias “debilidades”. La relación entre el dueño de esclavos y su preciosa mercancia es la misma, para el clero, que entre el hombre y las preciosas mercanciás que hay que proteger: la mujer y el niño, a veces tratados como si fueran lo mismo. Esclavos y mujeres estaban situados en una perpetua minoría de edad (las mujeres aún), y como tales eran proclives de sufrir abusos (para ello, eran bien elocuentes las espaldas desolladas de los primeros). En el mundo androcéntrico eclesiástico, el niño o el adolescente tampoco participa de la dignidad cabal del hombre adulto y puede devenir en una entidad para el servicio de este último. Los muchachos atormentados en la oscuridad de sus cuartos por una figura adulta a la que miraron como padre espiritual,  encima de ellos, dan cuenta de ese privilegio.

Solo una mujer ha sobrepasado en espiritualidad a cualquier hombre piadoso: una muchacha hebrea que dijo sí a un dios varón hace dos mil años y engendró, se entiende virgen, a un niño varón. Fue esa su mayor hazaña. Hecha estatua e ícono con los siglos, se le rinde culto, y es ella la que inspira frases sobre el genio femenino que se refleja en la Iglesia. Ese paradigma de mujer para la iglesia, no es una mujer de carne y hueso que piensa acertada o equivocadamente, que fracasa o que logra cosas, que es parte de la vida y que no sencillamente la engendra. La mujer del mundo que la Iglesia niega no quiere que le prendan velas y la invisibilicen en frases que se suponen la enaltecen. No quiere difuminar su humanidad detrás del humo del incienso. Ella es madre a veces y a veces no, y cuando es madre no siempre es feliz por serlo. No será todas las veces, compañera de un hombre sino que puede serlo de otra mujer, y puede fallar o dar en el clavo en ello como cualquier otra. O puede ser una mujer sola, simple y llanamente, en sus temores y grandezas espirituales posibles. Un ser humano en fin, que pide se le reconozcan sus aciertos y debilidades como cualquier individuo, no con el concepto absoluto de MUJER ni como “espírtu” que inspira y apoya a varones que no necesariamente les interesa.

El Papa habló como papa, varón. Habemus papam. Otra vez. Y no son buenas noticias.


Escrito por

Enrique Bruce

Enrique Bruce Marticorena es escritor y enseña lengua y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, la UPC y la USIL


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Andando de paso

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