no tenemos planeta B

El diablo se deletrea LGTB

¿Hasta dónde son responsables las instituciones y líderes religiosos homofóbicos de los crímenes que se cometen en su nombre?

Publicado: 2019-02-03

El cristianismo y la homofobia tienen una larga historia, pero no tan larga como ciertos homófobos religiosos quisieran creer. Es muy probable que los ataques verbales a los hombres que tienen sexo con otros hombres se hayan dado por cuestiones políticas a inicios de la modernidad en el siglo XIV europeo; se dieron entre las comunidades cristianas para marcar una distancia de conductas y mores sexuales entre estas y las poblaciones musulmanas con las cuales compartían territorios en Francia y España. En ambas comunidades religiosas, la homosexualidad era práctica corriente y al menos relativamente tolerada (Había muy poca supervisión de la homosexualidad femenina: un testimonio más de invisibilización de la mujer) Para saber de este lado de la historia occidental, recomiendo leer el libro del estadounidense John Boswell, “Christianity, Social Tolerance and Homosexuality”, aparecido en 1980.  

Hago hincapié en los no muchos siglos de censura de las prácticas homosexuales desde los púlpitos porque los discursos desde estos estrados insinúan, por asociaciones indirectas y tácitas, que esta censura en tanto divina, se dio desde los inicios de los tiempos. El dios cristiano y sus portavoces han probado ser más volubles de lo imaginado a lo largo de la historia. Como botón de muestra: el sacramento del matrimonio como contrato indisoluble en el discurso más rígido del catolicismo, no tiene más de 500 años en una iglesia que tiene 1,500 años como institución imperial.

Dios es todo lo viejo que nuestras cabezas mortales permitan concebir, pero igual de viejas son las estrategias y discursos de las élites religiosas (y no religiosas) para cohesionar comunidades. El odio a algo, por ejemplo, es una buena herramienta de cohesión. El amor común a un territorio, a las prácticas sociales compartidas de muchos años o a un panteón de divinidades, une por cierto, pero une más el odio ante todo aquello que atenta o parece atentar contra esos símbolos y actividades cohesivos.

El diablo y sus encarnaciones contractuales ha unido como pocas cosas en las mentalidades religiosas. Desde las persecuciones a judíos, a gitanos y a mujeres herbolarias que competían por sus conocimientos con sus pares varones que fundaban universidades en el siglo XIII, y quienes eran llamadas brujas y servidoras del diablo (ya vieron por dónde se menea la cola roja) pasando por los cuerpos quebrados de los calabozos de la Santa Inquisición hasta la persecución, hoy en día, de la comunidad LGTB,  el diablo ha unido a los cristianos más que dios mismo. La mención del mismo azuza temperamentos y arrastra cuerpos hasta hogueras reales o simbólicas y potros de tormento psíquicos o físicos.

En el Brasil de hoy, que es el de Bolsonaro y con todo lo que ello implica, una mujer, Tatiana Lozano (32), espera en su casa junto a dos jóvenes a los que convocó para que le den una paliza a un muchacho que estaba a punto de entrar: un muchacho de 17 años de apariencia frágil. El chico entra y los dos cómplices de la mujer lo agreden repetidas veces. Luego ella les pide que lo maten. Ellos se rehusan. Ella toma un cuchillo y acaba con la vida de Itaberli Lozano. Su hijo. El hijo de cuya homosexualidad ella siempre renegó.

Tanto ella como su pareja y padrastro de Itaberli, queman el cuerpo y lo ocultan. La madre no hace la denuncia de la desaparición de su hijo (por razones obvias), pero lo hace la abuela paterna con quien el adolescente vivía para huir del hostigamiento de su madre. Un día después del asesinato de su hijo, Tatiana Lozano postea una foto en Facebook con un membrete de Isaías 41, v. 13: “Porque yo, el Señor tu Dios, te tomo de la mano derecha y te digo, no temas que Yo te ayudo”.

Sabemos lo que hizo esa mano derecha.

Los hijos homosexuales no terminan necesariamente muertos en tanto tales, no la gran mayoría. Sin embargo, muchos se desgastan psicológicamente en los varios potros de tormento de los centros escolares, foros religiosos, en los de mero entretenimiento o en el seno de sus propias familias. No todos sus agresores práctican una religión, pero no raras veces estas personas laxas en el acatamiento religioso aluden (mal) a la biblia, al pastor o al sacerdote de turno para echar más fuego al infierno que le espera a la muchacha lesbiana o el joven transvestido (Se acuerdan de los textos y líderes religiosos para la denigración de los otros, no para la enmienda de los vicios propios: Un hombre heterosexual puede golpear salvajemente a su pareja mujer sin mayor remordimiento, pero escupe sobre el rostro de un hijo que le revela que es gay, cuando no lo mata).

Las llamas del infierno son eternas porque el odio del hombre parece ser eterno: Nuestros afanes de cohesión no dan respiro a los miembros que quedan desterrados de ciertas comunidades. El carismático Arzobispo de Arequipa, Javier del Río Alba, aseveró hace unas semanas, que los transexuales atentan contra Dios y contra la humanidad. Lo dijo en un tono afable rodeado de periodistas que le sonreían, y lo dijo con el rostro despreocupado de la persona que sabe de su gran influencia sobre su feligresía y que las consecuencias de sus palabras no recaerán en términos judiciales sobre su persona. El eventual cadáver de un muchacho o muchacha transexual o travesti asesinado señalará a un homicida que no será él. Los fieles religiosos podrán decir que los líderes religiosos, católicos o evangélicos, no son responsables de los crímenes de sus feligreses, aun de aquellos inspirados por sus palabras que demarcan quién está a favor o en contra de Dios y quién está dentro o fuera de una humanidad delimitada. Es cierto que pudo haber habido un pastor brasileño que haya azuzado contra los sodomitas pero fue una madre la encargada de llevar a cabo la eliminación de uno, de 17 años, a 300 kilómetros de São Paulo. Ese pastor no será culpable de nada porque no mató. Abimael Guzmán, la persona que llevó a nuestro país a la peor carnicería en tiempos de paz, no mató a nadie tampoco. Él solo metía leña al fuego del odio a los enemigos del pueblo (que él ayudó a identificar), él solo satanizaba a la burguesía y al Estado cómplice en atentar contra un pueblo sacralizado por el maoísmo. Todo lo que estaba contra el pueblo debería ser extirpado.

Pero cuidado, me dirán los religiosos, Sendero Luminoso tenía como objetivo único la disolución del Estado peruano, no hacía bien a nadie. No es del todo cierto: en sus inicios el grupo liderado por Guzmán incursionaban en prácticas de ayuda social para ganarse a la población, estas prácticas mostrarían ser insuficientes, para desgracia de estas mismas poblaciones. Es cierto que el largo historial de las iglesias cristianas y su poder de representatividad (que Sendero luminoso a la larga, no consiguió), conforman elementos que separan a sus instituciones de otra que devino en la práctica de un genocidio febril, pero no podemos descuidar los paralelismos siniestros en sus discursos: La demarcación que hacen con una delgada línea (roja y brillante como un corte en la piel), separa a un dios o a un pueblo proletario, de un Estado, de una burguesía o de una comunidad LGTB (El MRTA exterminó homosexuales en la selva norte en los noventa: Su trabajo de exterminio era elocuente en determinar quiénes estaban fuera de la eventual sociedad revolucionaria. Esos crímenes tardarían en ser denunciados. La población y la policía que los ignoró y que tenían también como enemigos al MRTA, portaban, al igual que el grupo subversivo, las antorchas ejecutorias, a la larga).

Las personas somos criaturas racionales. Pero ello estando solos o en pequeños grupos. En comunidades relativamente extensas como en las que hemos vivido por milenios, nuestro raciocinio cede terreno a la ficción febril. Necesitamos deidades que nos den solaz, pero en no menor grado, requerimos de infiernos y abismos imaginarios a los que no debemos aventurarnos (nos dicen) para mantenernos dentro del grupo. No podemos alejarnos. Si un dios no puede acercarnos unos a otros lo suficiente, bien haremos en acudir al culto tácito de un ser de malignidad y depositario de todos los vicios de los excluidos. Como bien dijo, no sin sorna, un participante del primer desfile gay en Jerusalem, a inicios del milenio: Somos la comunidad LGTB los que hemos unido a musulmanes y judíos en el odio a nosotros.

Cuando los grises se borran en el discurso extremista, quedan solo el blanco y el negro, el ejército luminoso y el oscuro. En un planteamiento dicotómico radical, pocos dudan en qué bando combatir. Debemos en la manera de lo posible, resaltar los grises de la naturaleza humana en toda su maravillosa y compleja ambivalencia. En ello descansa nuestra voces reivindicatorias, y de auxilio.


Escrito por

Enrique Bruce

Enrique Bruce Marticorena es escritor y enseña lengua y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, la UPC y la USIL


Publicado en

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