no tenemos planeta B

Oda al resentimiento

Sobre un sentir denigrado pero que bien llevado, puede llevarnos a tantos resentidos en el Perú (cholos, mujeres, rojos, misios, gays) a nuevas formas de peruanidad.

Publicado: 2017-07-11

A la manera de Odas elementales de Pablo Neruda que cantó en su libro desde una bicicleta o una alcachofa hasta la envidia o a los críticos, cantaré yo al resentimiento en prosa y con voz tal vez, algo carraspeada. Ustedes ya conocen el estribillo: “un cholo resentido”, “esos rojos resentidos”. Las “feminazis” no se escapan de la etiqueta tampoco: resentidas todas. Miré en la RAE, la definición de resentirse… No la pega: habla de “flaquear” o debilitarse; en una segunda entrada, habla de enojo o dolor anímico. No hace énfasis en la connotación negativa que tiene ser un resentido para el consenso de personas.

Uno resiente porque nos vino el golpe de algún lado, hasta aquí la RAE nos acompaña bien. Pero la calidad de resentido o resentida es una calidad vivencial, no meramente reactiva. Seguimos en el resentimiento porque ese golpe vino de lejos y se perpetúa. No sabemos bien quién fue el hijo de puta ni cuándo nos mandó el combo, pero el moretón está y las ganas de devolver golpe con golpe queda.

El resentimiento en su estado puro es natural; acusarnos de resentidos es lo mismo que acusarnos por defecar, parpadear, abrir la boca y masticar, sudar en marzo y estornudar en junio. Todos guardamos una suerte de resentimiento, no solo desde las etiquetaciones sociales y de narrativas reivindicatorias más o menos coherentes, sino desde otras vivencias algo fuera del radar: ser zurdos, algo chatos, ser hijos medios, ser pecosos o lunarejos. Hay algo en nosotros que ha invitado alguna vez a la broma o al insulto frontal. Y hay, claro, resentimientos ante golpes más certeros y constantes que duelen más que otros, a veces más sutiles y tenaces (pregúnteles a las mujeres). Muchos de esos resentimientos se ordenan dentro de los ámbitos de clase, raza, género, orientación sexual o de discapacidad aguda. Por estos, los discursos reivindicatorios en torno a ellos se suman y redundan.

Hay un lado luminoso del resentimiento: te da adrenalina, te inspira a lucharla. Te acerca a otros resentidos como tú, a otras mujeres, otros gays, otros cholos o negros. Otros misios como tú. Te da una perspectiva del mundo y te ayuda ver de lejos el bosque espinoso donde has crecido. En tu brazo rasgado reconoces las espinas y entonces sabes bien de dónde vino el dolor punzante. La rabia. Quién fue el hijo de puta.

Pero aquí puede devenir el lado oscuro del resentimiento: el reconocer tus heridas y el deseo de infligir, en consecuencia, dolor a otros. Si golpeo nadie sabrá que fui herido puesto que es duro saberse víctima, que fuiste vulnerable. Si soy un homosexual en el closet, mariconeo a todo lo que se me encuentre, hago coro al bullying que rodea al chico afeminado o la chica de maneras hombrunas. Si soy mujer me aúpo al club que censura a las feminazis, máxime si he alcanzado logros sociales, laborales o personales; no me pliego a las resentidas y asumo el rol triunfalista de mis pares varones que alguna vez y en algún lugar (de cuyo nombre no quiero acordarme) me relegaron. Y está el cholo que cholea. La práctica del desdén que blanquea. Está el cholo que negrea, o que tilda al blanquito de turno, de, bueno, “blanquito” en chiquito, sin percatarse que en sus propios hábitos él mismo, con la adquisición del dinero o el poder, se blanquea y para mal. Hay un blanco en el Perú que todavía no tiene nombre: el cholo emergente o emergido del todo, pero que dispara nombres a mansalva, pocos de ellos amables (últimamente en supermercados, parques sanisidrinos, colas de banco y a puro Facebook). 

Ese cholo oscuro no es el cholo que admiro; el cholo luminoso no es el cholo de tribuna y que hostiga desde las gradas de un estadio en el Cusco a un jugador negro panameño. No es un locutor deportivo denigrando a (otro) jugador negro y que inviste (otra vez) de infamia al fútbol. El cholo que admiro es el cholo socarrón de puro chicharrón, cervezas y sonrisas. Es el cholo que sabe zapatear y rico y que saluda con un allillanchu a ese “gringo” de Lima. Es el cholo amable del puesto de fruta, que empuja carretas e hijos pa delante. Es el cholo orgulloso de que el cholo oscuro lo llame despectivamente, “serrano”. Es el cholo de letras, Vallejo, de Santiago de Chuco, al que le dolían los cóndores en París y que rompía y rajaba con palo y duro, una lengua; o el cholo Churata de vanguardias antiplánicas y aficiones cosmopolitas; o el cholo y marica magnífico, César Moro, que renunció a su nombre y a la lengua de los limeños pacatos, y escribió versos de amores equívocos desde París y México. Pero el cholo de oro no es solo de letras, es de ritmo y melodías: es el cholo huaynero, salsero, tecno o rockero, de hoy y de mañana. Es la chola de blue jeans o de polleras, de sueños y de achore, hija ella misma de otra chola inmigrante que llegó al arenal y en medio de la polvareda, vislumbró un bosque de hijos frondosos. Es el cholo de Nikes o de plumas y taparrabos (o uno y otro dependiendo de si hay turistas cerca o no). Somos muchos cholos que admirar. Somos sí, entre los suertudos, el cholo que “la hizo” pero que no olvida a los que se quedaron a la zaga y que sabe bien que la plata en el Perú (y en todas partes) es cuestión tanto de esfuerzo como de oportunidad, en el más limpio de los casos. Es el cholo (a veces) de una sonata de Bach y de la cava de vino, pero cholo que ostenta en la mesa baja de su sala, la foto de una abuela de trenzas que caen sobre su lliclla, y en el DNI, algún apellido quechua o aymara. Es el cholo que ha recorrido mundo y mucho cholo que admiro y que admiro en mí también (tan gringo no soy) y que somos muchos un huevo de cholo y un huevo de peruanidad por construir.

Devolvámosle al resentimiento su buen nombre.


Escrito por

Enrique Bruce

Enrique Bruce Marticorena es escritor y enseña lengua y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, la UPC y la USIL


Publicado en

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